Jueves de vacaciones de invierno, día gris, viento frío, me toca despertar a mi hija mayor en silencio para que no despierte a la menor porque tenemos que ir al médico. Me permito ese no apuro que tienen las vacaciones, hago lo que no hago nunca que es acercarme, despacio, con la luz apagada, y la observo. Si fuera una semana cualquiera, en pleno calendario escolar, ya la estaría despertando apurada y anticipándole la seguidilla de tareas que la esperan: “rápido, ¡a lavarse los dientes!, rápido, ¡a ponerse las medias!, rápido, ¡a desayunar!”. Una batalla tras otra.
Pero por suerte son vacaciones, aunque no para mí ya que tengo que trabajar, y entonces hago algo que las madres amamos hacer que es observar a nuestros hijos cuando están dormidos. Miro su cuerpo, me doy cuenta que ya ocupa mucho más que la mitad de la cama. Es el cuerpo de una niña, no queda nada de esa bebé que fue alguna vez. Pasaron seis años desde que me convertí en madre por primera vez, tres desde que tuve a mi segunda hija y me pregunto cómo describir este vínculo tan particular e inefable.
Quiero intentarlo, como lo hice cuando ella nació y empecé un newsletter al que denominé Harta(s).
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Esta fue mi primera publicación, allá por el 2020:
Mientras escribo esto mi pareja cuida a mi hija y el reloj marca que me quedan siete minutos para que termine mi turno de trabajo y empiece el de maternar. Tengo que pensar un nombre rápido y lo único que se me ocurre es la palabra harta. La elijo.
Estoy harta de la combinación de todas las cosas juntas, todo el tiempo, en un non-stop ininterrumpido que se ve potenciado por más de cien días en donde el mundo somos dos adultos aprendiendo a ser mapadres en cuatro paredes. Sin abuelos, sin jardines, sin ayuda. El poco tiempo que me queda, ahora cinco minutos, me recuerda que escribir y pensar es de las cosas que más disfruto hacer.
Decido entonces empezar este newsletter para compartir preguntas, sensaciones y para sentirme menos sola.
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Con la llegada de mi hija cambia mi percepción del tiempo. Me obsesiona y los primeros meses anoto en una lista nuevas formas de medición:
Escribir un correo antes me llevaba media hora, ahora dos siestas y una teta.
Bañarme eran quince minutos, veinte si agregaba un baño de crema, ahora son dos llantos que escucho desde el comedor. Nunca llego a secarme el pelo.
Odiaba sacar la basura. Ahora se siente un recreo hacerlo.
Las salidas al supermercado a la vuelta de mi casa son mi momento de mayor autonomía.
La mañana, sin importar que no haya dormido nada la noche anterior, es mi mejor punto de vista.
Inauguro una nueva variable de medición en donde me es imposible descifrar el tiempo cronológico que usaba antes (segundos, minutos, horas). Ahora escribo en los huecos que me quedan entre clase, pareja, hogar y maternidad
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Durante mi puerperio:
¿Qué quiero? Quiero dormir hasta las diez am, despertarme para tomar café con leche y volverme a dormir. Quiero estar en silencio y aburrirme. Quiero ser libre y no tener rutinas.
Pero soy madre y tengo una hija a cargo, no puedo. No puedo hacer todo eso que quiero. Me pregunto si alguna vez lo hice. Antes de ser madre, tenía mayor margen de acción, pero también estaba “presa” del tiempo productivo. Si no era la facultad, eran las clases, o el grupo de estudio, o la juntada con ese grupo de amigos, o la clase del hobbie que estuviera haciendo en ese momento. Libre de elegir lo que hacer a cada rato, lo que se dice realmente libre, tampoco lo era.
Aunque hay algo que es cierto, la maternidad implica relegar lo que queremos o tenemos ganas de hacer por las tareas de cuidado. ¿Es tan terrible cuidar a un hijo? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo entregarnos a los cuidados?
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En el año 2022 vuelvo a ser madre, esta vez de Olivia, mi segunda hija. Durante el puerperio, encuentro estas notas:
En un mundo imaginario, podría suspender el tiempo y entregarme a las necesidades de mi hija durante varios días. Pero el mundo no es imaginario y, mientras me entrego, no dejo de pensar en todo lo que no estoy haciendo. Eso que hasta hace muy poquito formaba parte de mi cotidianeidad: mi escritorio, las tareas laborales, la escritura, amistades, mi tiempo a solas conmigo misma.
Crecen rápido, me digo a mi misma. Disfrutalo, repito. Y lo hago, un montón. Es tal la ambivalencia que quisiera que no creciera más y se quedara así de chiquita, al lado mío, para siempre. También quisiera huir, tener una casa sola para mí en la montaña en la que pueda sentarme a escribir y olvidarme de todo. O mejor: quisiera irme a escribir a la montaña, a mi escritorio vacío y ordenado, con mi bebé de siete semanas mirándome.
¿Cuánto dura el puerperio? Según la medicina concluye en torno a los cuarenta y cinco días de postparto. Según la vida de cada madre, dura lo que dura.
El puerperio es ese estado en el que experimento otra relación con el tiempo y con el mundo productivo en el que vivo. El puerperio es una sombra que me acompaña mientras vuelvo a descifrarme y preguntarme quién soy, qué quiero, y qué hago acá. Un sin-sentido, una experiencia que va más allá del lenguaje. Como toda sombra, es siempre otra cosa. No puede calcularse, ni estandarizarse, ni definirse sin perderse.
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Rachel Cusk, en Un trabajo para toda la vida, escribe que la experiencia de la maternidad lo pierde casi todo en su traducción con el mundo exterior. ¿Y entonces qué hacemos? Las narramos, supongo. Distintas, incluso contradictorias.
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Vuelvo a mi propia experiencia, allá por el 2020, puedo ver a esa madre que estaba conociendo a su hija por primera vez y estaba aterrada por todo lo que la maternidad le iba a disputar. Y sí, la maternidad y los cuidados son una disputa permanente que nos tienen tironeadas demandando lo que otros necesitan de nosotras. Pero también, o al menos en mi caso, fue posibilitadora. Me animé a contaminar los universos, hacer filosofía con temas mundanos como pañales, chupetes o cumpleaños infantiles.
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Estamos en el 2026, ya no crío bebés. Mi casa empieza a estar más ordenada y mis hijas van al colegio varias horas al día. Puedo sentarme a escribir, al menos por un rato. Me encuentro con mi cuerpo de otra manera, incluso extraño tenerlas encima. Los problemas son otros, cambian. Transitar el nivel primario, por ejemplo, las primeras discusiones con sus amigas y no saber qué hacer cuando veo llegar a mi hija mayor a casa después de un día en el que no la pasó del todo bien en el colegio y se sintió apartada. La abrazo, aunque eso no solucione su malestar.
Son mi refugio, también. Cuando el afuera me asfixia, cuando las noticias de lo que ocurre en el país y en el mundo me desaniman, son sus preguntas y su mirada las que me invitan a cambiar. Los diálogos a la mañana, camino al colegio, mi momento preferido del día.
Me gustaría fantasear con ser adivina, trasladarme al año 2036, mis hijas tendrán dieciseis y trece años. Yo voy a tener cuarenta y seis. ¿Qué las va a inquietar? ¿Dónde me ubicaré como madre? ¿Cuáles serán mis preocupaciones? ¿Y mis sueños?
Escribo esto de noche, no importa cuándo lean esto. La noche o la mañana muy temprano son refugios de cansancio y de creación. Produzco, por fin, cuando siento que el peso del cuidado no está en mis espaldas. Y antes de irme a dormir, no importa la hora, ni el día, paso por su habitación para verlas. Donde ellas estén yo quiero estar. Imagino que lo haré hasta el último día que vivan conmigo, el tiempo lo dirá.
Queridos mapadres y cuidadores:
¿Cómo están? Hoy me tocó cambiar la clase de baile de los martes por trabajo ya que tengo una semana con muchas capacitaciones y charlas. Siempre con café, eso sí.
El texto que acaban de leer es un fragmento de un artículo que saldrá publicado pronto en Ideas, una revista de filosofía moderna y contemporánea. Escribirlo me llevó a pensar sobre el tiempo: dónde estaba parada hace seis años y dónde estoy ahora. Es cierto eso que dicen, “años cortos y días eternos”. Ahora empiezo a dejar atrás una etapa. Este fin de semana Olchi aprendió a usar sola el inodoro. Ya no necesito nada más del mundo bebé. Ay, qué melancolía.
Me queda la escritura, por suerte. Estoy muy feliz de contarles que se agotaron los cupos de mi taller de filosofía y escritura. Encontrar un camino en la escritura empieza hoy su tercera edición. Si quieren anotarse para la cuarta -presencial o virtual-, les dejo el formulario acá para que dejen su mail y les aviso cuando abra la inscripción: https://forms.gle/u4Q9ZKfgV7VKDC8J6
También se vienen funciones de Todas las exigencias del mundo con la gira por un montón de lugares hermosos. Estas son las próximas fechas:
CABA, Paseo La Plaza: https://www.plateanet.com/obra/30848?obra=FLOR-SICHEL---TODAS-LAS-EXIGENCIAS-DEL-MUNDO&paso=inicio
CABA, Café Berlín: https://livepass.com.ar/events/flor-sichel-en-cafe-berlin
PILAR 20/8, entradas con 20% OFF: https://comedia.com.ar/event/114650-flor-sichel-todas-las-exigencias-del-mundo-en-pilar?eventDateId=217491&discountCode=FLOR20
BANFIELD 26/9: https://www.passline.com/eventos/todas-las-exigencias-del-mundo-flor-sichel-banfield
LUJÁN 17/9: https://www.passline.com/eventos/todas-las-exigencias-del-mundo-flor-sichel-lujan
MONTEVIDEO 10/10: https://redtickets.uy/evento/Flor-Sichel--Todas-las-exigencias-del-mundo/31435/
Y una última cosa, no menor porque soy oyente de este podcast y me encantó la conversación que tuvimos, estuve en Mejor Hablar, el podcast de RedPsi, en un episodio sobre mandatos, culpa y aprender a perder. Lo pueden escuchar acá:
Eso es todo por hoy.
Si hay algo en particular sobre lo que quieran que escriba, solo tienen que responder este correo.
Nos vemos en la próxima entrega.
¡Les mando un súper abrazo!
Flor Sichel.
Mis libros:
TODAS LAS EXIGENCIAS DEL MUNDO
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Hermoso y melancólico. Medir el tiempo en siestas, cambios de pañal, etc... Muy buena forma de medirlo. Cómo reír y llorar al mismo tiempo, cómo querer preservar para siempre su inocencia, tenerlos cerquita siempre y al mismo tiempo un ratito de la nada misma para desconectar. Una maternidad que no se explica, que es tan profunda que las palabras jamás serán suficientes para explicar ese vínculo.